El doctor de plumas
Desde hace cerca de 40 años Walter Contreras es el «doctor de plumas», un oficio en extinción que lo cautivó desde la infancia y que hoy lo mantiene como una rareza dentro de las galerías del centro de Santiago.
En un rincón, al fondo de Mac-Iver 142, se encuentra la Clínica Plumas Fuentes. Dentro de la pequeña tienda, con la vitrina inundada de lapiceras, figuras coleccionables de Cantinflas y botellitas de tinta ornamentadas, se sienta un hombre: el doctor de plumas. Con un pelo castaño, fluido y frondoso, y unas cuantas canas que le hacen juego a las pecas en la piel color arena, pareciera que al cuerpo se le escapara el alma del artista joven y apasionado que alguna vez fue -y sigue siendo- Walter Contreras.
Al costado del mesón de atención, en un cuarto apretujado, está sentado Walter. Viste un chaleco tejido de color negro, pantalones de mezclilla que le hacen juego y zapatos oscuros. Los ojos marrones y apasionados observan la rebalsada mesa de trabajo, llena de herramientas, plumas desarmadas, papeles, retazos publicitarios, relojes, la colonia que se pone todo los días para recibir a los clientes y las montañas de partituras apoyadas en las estanterías traseras, junto el reproductor de música que heredó de su padre y la lavadora ultrasónica BK-1200.
—Tengo un poco de este síndrome. ¿Cómo se llama?
—¿Mal de Diógenes?
—Sí, mal de Diógenes.
Walter empezó como aprendiz de Gastón Botto cuando tenía 17 años. Llegó a la Clínica Plumas Fuente a reparar una lapicera y con el deseo de ser aprendiz. El maestro le dijo que no le enseñaba a nadie, que volviera cuando tuviera 300 lapiceras. Walter no llegó a la cifra, pero volvió decidido, no iba a recibir un “no” de respuesta. Cuando trabajó en esa primera pluma -una Parker Vacumatic- y con tinta corriendo sobre sus manos, inició lo que sería el resto de su vida.
Walter nació un 19 de enero de 1968. De pequeño era inventor: tomaba cables y lo unía con una polea, de manera que al tirar de un cordel caía un peso que hacía sonar una alarma. Siempre sintió una atracción por desarmar y armar objetos, por entender los complejos mecanismos que los hacían funcionar. Cuando tenía 7 años sostuvo por primera vez la pluma de su abuela. Su mirada destella y se asoma una sonrisa, como si volviera a vivir ese encuentro.
—¿Recuerda el momento exacto?
—Fue como un déjà vu. Yo la vi y dije: «Yo esto lo conozco, pero en otra vida”.
***
Walter cursó su enseñanza media en el Instituto Nacional José Miguel Carrera. Era un ambiente cosmopolita, más que una persona, se sentía un número entre la gran cantidad de estudiantes. Era biólogo, practicaba hockey sobre patines, andaba en bicicleta y tocaba la guitarra. Era la encarnación del término polifacético.
—En esa época me interesaban muchas cosas. Quizás eso fue un problema, más que una virtud, porque no me podía definir. Desde las piedras hasta el cielo. Todo me llamaba mucho la atención.
Su madre fue su primera profesora de guitarra. Su padre -psiquiatra de profesión- conducía un programa de radio en Quintay. La cultura musical estaba muy presente en su hogar. Casi se podía predecir que unos años más tarde entraría a estudiar Música a la Universidad de Chile.
Fueron 10 duros años, sus padres se habían separado y Walter decidió independizarse -en parte, porque estaba pololeando-. Su rutina era un bucle constante entre la guitarra, las plumas y la polola.
En la universidad fue el presidente de la Comisión de Asuntos Estudiantiles de su carrera. Logró establecer el cobro de los cancheos (tocatas) en los que se presentaba con sus compañeros y organizó la iniciación de actividades en el SII para poder emitir boletas.
—Me agarré con una profe de extensión, ella me criticó el por qué estábamos cobrando si todavía no estábamos titulados. Le dije: “Lo que pasa profe que en su época la universidad era gratis y ahora nosotros tenemos que pagar”.
***
El maestro Gastón Botto falleció el 1 de agosto de 1998. Walter continuó trabajando con la viuda, en el antiguo local de la calle Huérfanos, hasta el cierre de la Clínica Plumas Fuente. Llevaba 10 años dedicándose a la música. Pero había llegado la hora de graduarse, el aprendiz era ahora el maestro.
—Yo dije: “El negocio no debe morir. Se ha luchado tanto tiempo, y yo, que he estado 10 años de aprendiz”. Así que ahí me decidí a arrendar un local y busqué dónde.
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Suena una campanilla, y la ilustración de una pluma fuente que cuelga de la puerta se balancea con el movimiento. Uno tras otro entran los clientes a la pequeña tienda, donde la luz funde la madera con las paredes y pareciera teñirlas de carmesí. Paredes que portan una colección de afiches publicitarios de lapiceras, un antiguo reloj y un tremendo barómetro. Walter conversa con cada uno de ellos, entusiasmado.
—Ella es Priya, me está haciendo una entrevista, un perfil de vida.
En cada cliente hay más que un sustento económico. Hay amistad, hay confianza. Hay historias, de coleccionistas de plumas, de aficionados de la reparación, de artistas, de escritores, de políticos, de empresarios y hasta de presidentes. Cada persona que entra a ese rincón de Mac-Iver, entra por su pluma, pero regresa por la conversación.
Así conoció al escritor Arturo Fontaine, quien sólo confía en esas manos de uñas desgastadas y dedos empapados de tinta de su amigo Walter para manejar su Parker 51, herramienta fiel de la que brotan todas sus palabras, antes de ser tecleadas en un computador.
A ese rincón de Mac-Iver, llegaba el periodista Ricarte Soto a contarle a su amigo de sus dolores de espalda y los exámenes médicos más recientes.
—Yo siempre le preguntaba: “¿Por qué trabajas en farándula?”. Y él me respondía: “¿Y de qué querés que viva, Walter?”
También tuvo la oportunidad de reparar las plumas del ex presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle y del ex ministro de Hacienda Felipe Larraín. Atendió además a importantes figuras de la actualidad: el juez Juan Guzmán Tapia, el doctor Rodrigo Águila -que le contó de la disfunción multiorgánica de Pinochet- y al hijo mayor del dictador.
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La hija de Walter nació el 31 de julio de 2003. Estudia Odontología en la Universidad de Chile. Desde que se separó de su madre que ya no la ve mucho, pero el amor inmensurable se siente cuando habla de ese primer encuentro con la pequeña bebé y casi se resbalan las palabras.
—Fue mágico. Es como que sacan parte de tu alma y se la proporcionan a otro ser al que le das la luz, la vida.
Y pareciera que es así. Fernanda será la aprendiz de su padre.
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Walter vive de las plumas, pero también vive de la guitarra, de su hija, del tiempo, de la pasión y de los amigos. Por 40 años ha vivido para prolongar la vida de las plumas. Hoy, el doctor de las plumas se embarca en un nuevo rumbo, ahora la tarea es prolongar la profesión. Sin embargo, aún queda una pregunta por responder:
—¿Por qué la pluma?
—Porque es una fuente inagotable de inspiración. Con las palabras, con lo escrito, puedes cambiar el mundo.