Director de Matapanki: «Pensamos que la película solo llegaría a su nicho»

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Director de Matapanki: «Pensamos que la película solo llegaría a su nicho»

El director de la cinta, que ganó premios a mejor película chilena y mejor largometraje juvenil en el último FIC Valdivia, reflexiona sobre la elaboración, inspiración, recepción y temáticas de un proyecto atípico que pasó de largometraje de egreso a nuevo referente del cine juvenil.

Por Vicente Fontecilla


Diego Alonso Fuentes Badilla (25) egresó hace dos años de la carrera de Cine y Comunicación Audiovisual en la Universidad del Desarrollo (UDD). Para obtener el título de cineasta implementó todo su amor por el anime, el cyberpunk japonés y el cine latinoamericano social en Matapanki (2025), su largometraje de egreso, que el octubre recién pasado —tras meses de cortes, asesorías y laboratorios internacionales— se exhibió en la competencia de Largometraje Juvenil durante la 32ava edición del FICValdivia, uno de los festivales más importantes de la industria nacional.

Tras llenar las salas durante sus tres proyecciones, la inusual historia de Ricardo, un punk que obtiene superpoderes de una bebida alcohólica y sin querer mata al presidente de Chile, se quedó inesperadamente con los Pudúes Dorados de mejor largometraje juvenil y mejor película chilena en esta edición del festival. Ahora Fuentes, quien sigue trabajando como asistente de producción ejecutiva en Niña Niño Films, es reconocido y felicitado en las calles, algo que él mismo admite no haber esperado nunca. 

Con Matapanki asegurado en carteleras nacionales durante el próximo año (ya tienen confirmado un acuerdo de distribución) y él mismo trabajando en su próximo largometraje Corazón de Polilla —que espera estrenar en 2026—, el joven director reflexiona con Doble Espacio sobre la agria realidad sociopolítica chilena, el estado del cine nacional y sus eufóricos días en Valdivia.

“Nunca pensamos que iba a pasar lo de Valdivia”

—¿Por qué te dicen “Mapache”? 

—Me decían “Mapache” en el colegio por una razón que prefiero no contar, aunque no es nada tan terrible. Luego, cuando entré a la universidad, había muchos Diegos; incluso había otro chico un año mayor que yo que también se llama Diego Fuentes y estudió cine. Creí que lo mejor era ponerme un “nombre artístico” para diferenciarme y terminé retomando “Mapache”. Ahora todo el mundo me dice así, entonces también ha sido más fácil para ser más reconocible. Eventualmente la gente sabrá por qué me llaman así.

—¿Cuáles eran tus expectativas con Matapanki antes de su éxito en el FIC Valdivia?

—La verdad es que a la peli igual le fue bien en sus primeros cortes. Pasamos por el Talent del Festival de Cine de Málaga en 2023, por Encuentros Biobío Cine en 2023 y por Bolivia Lab en 2024. Recibimos harto feedback antes de que la película estuviera terminada y también estuvimos en Valdivia el año pasado con el corte final en Encuentros Australes. Sabíamos que la película estaba “buena”, aunque también éramos súper conscientes de sus errores y de las cosas que no podíamos solucionar por falta de presupuesto y conocimiento. Igual es una ópera prima de puros cabros chicos que estábamos saliendo de la U, entonces sabíamos que al menos estaba entretenida y le teníamos fe, pero siempre pensamos que solo iba a llegar a su nicho: gente que disfrutara las referencias y le gustara el anime o el cyberpunk japonés. Nunca pensamos que iba a pasar lo que pasó en Valdivia. 

—Has dicho que el proyecto “nació como una talla que después agarró vuelo”. ¿Tuviste complicaciones por lo atípico de Matapanki al presentarlo como tu largometraje de título?

—El inicio fue mucho más fácil porque cuando presentamos el proyecto íbamos muy en la línea de presentar lo que se nos ocurrió “sólo porque es entretenido y chistoso, sin ninguna expectativa”. Pensamos que ni siquiera iba a salir. Dijimos: “Después lo convertimos en un fanzine (porque el proyecto viene harto del mundo del cómic) o hacemos algo por nuestra cuenta”. Cuando el proyecto fue seleccionado llegaron las “complicaciones reales”, porque nos dimos cuenta de que las tonteras que habíamos pensado eran un dispositivo narrativo que servía para contar una historia. Cachamos que había un público para eso y que nada era tan tonto como pensábamos. Asumir que había que tomar Matapanki en serio fue la parte más difícil, no solamente porque estábamos en la universidad, sino porque yo nunca había dirigido. Siempre en la universidad me dediqué a la producción ejecutiva y, de hecho, hasta el día de hoy me dedico a eso en mi pega. Aprender a dirigir, trabajar con actores y guionizar bien fue intenso. 

—¿Tenían un plan B como largometraje de egreso en caso de que no les aprobaran el proyecto?

—Ninguno. Igual todo se remonta a que con Joaquín (Fernández, cocreador) nos hicimos amigos en la pandemia, entonces empezamos a hacer muchos trabajos juntos, pero nunca los sentimos “reales”. Siempre existieron pensando en qué iba a aceptar la escuela. Al final nos soltamos un poco y empezamos a postular ideas que realmente nos motivaban: de ahí nació Matapanki y por eso pensábamos que, en el peor de los casos, en el futuro haríamos algo independiente como un cómic que tal vez iban a leer solo mi mamá, mi papá y mis amigos. 

—¿Cuáles fueron tus mayores dificultades en la transición de productor ejecutivo a director?

—Lo que más me costó fue la dirección de actores. Hay cosas que tú igual sabes como productor ejecutivo, como revisar un guión, pautar qué está bien o mal, cómo liderar un equipo y otras cosas, pero nunca había tenido la dinámica de sentarme con un actor a leer un guión, entender cómo hay que dirigirles, saber cuáles son los métodos que hay, los miles de acercamientos que puedes tener dependiendo de la escuela del actor, etcétera. En ese sentido, la dirección de actores siento que fue una experiencia muy rica y un conocimiento que me sirve un montón por su utilidad transversal.

—¿Cómo describirías el apoyo de la universidad hacia el proyecto? 

—Tuvimos profesores muy buenos o que estaban muy en línea con Matapanki. Niles Atallah (uno de los profesores guía) lo amó, él fue precursor de la idea de “esto se tiene que hacer porque es entretenido” y vio el potencial de la peli. Ellos entendieron muy bien las necesidades del proyecto para hacerlo viable y la escuela vio el potencial que había en expandirse y hacer este cine diferente al estilo usual que sale de la carrera. No tengo nada contra la calidad de las películas anteriores; hay muchas que me encantan y valoro un montón el trabajo de mis colegas, pero hay una línea editorial diferente. Lo que se estaba haciendo hasta ese momento era harto sobre temáticas personales más vinculado al cine latinoamericano, lo que es distinto a Matapanki. Cuando nosotros lo presentamos sabíamos que otros estudiantes habían hecho proyectos similares, pero adaptados al formato del cortometraje y siempre a escalas más pequeñas. Entonces, más que decir si fue bueno o malo para la universidad, creo que ellos vieron el potencial de estar dando una propuesta diferente que se podía expandir y le podía ir bien. 

—¿El éxito de Matapanki ha hecho que otras personas se sientan inspiradas? 

—No sé si puedo responder con certeza, porque hay mucha gente que, de muy forma muy personal, se me ha acercado y me ha dicho: “Me encantó la película. Me siento más motivado para terminar la carrera”. Gente incluso nos ha comentado: «Iba a salirme y ahora decidí terminar la carrera»; hay otros que dicen: «Tengo una idea similar y no sabía que se podía hacer”. El tema es que yo confío en que, eventualmente, esa gente haga lo que dice; que terminen su carrera y presenten esas ideas. Yo tomo el cumplido, me llega mucho al corazón y para mí significa un montón cómo nuestra película está inspirando gente. Yo solamente espero eso: de que, si les inspira, lo hagan. Espero que en cinco o seis años más haya una película en la que ojalá alguien diga algo como “me inspiré en tu película para hacer esto” y la podamos ver, compartirla y ser felices. Para mí eso sería lo máximo.

—¿Cómo fue el inicio de tu colaboración con el director Ernesto Díaz Espinoza, considerando que te has referido a él en múltiples ocasiones como uno de tus ídolos? También presentó la segunda proyección de Matapanki en Valdivia. 

Yo en la universidad hablaba de mis referencias y siempre salía Mirageman (2007) a la mesa. Llegó un punto en que me dijeron: “Oye, ¿sabes qué? Tenemos el contacto de Ernesto. Si quieres puede ser asesor de postproducción para que los ayude a terminar de montar la peli”. Nosotros obviamente dijimos que sí. Nunca voy a olvidar que estábamos editando en la universidad con nuestro montajista y de repente entró Ernesto por la puerta. Aún no entendíamos qué pasaba. Estaba súper nervioso, pero él igual se portó un siete. Tuvimos una relación laboral al inicio, pero eventualmente seguimos conversando y le siguió interesando el proyecto. Siempre se mostró muy colaborativo y nos siguió ofreciendo mucho feedback. Él vio el montaje de la peli desde muchos puntos de vista, cortes y fechas diferentes. En un inicio aluciné con estar mostrándole el proyecto a la persona que lo inspiró; ya después era más como: “¡Ernesto, te tengo este corte! ¿Puedes verlo, porfa?”. Había más confianza. Le agradezco mucho la horizontalidad que tuvo con nosotros. Pudo haber hecho su pega y dejarla ahí sin más, pero él vio algo y se comprometió. Fue muy bonito.

—La cinta participó en diversos laboratorios internacionales y nacionales, ¿qué fue lo más fructífero de esas asesorías?

—Son demasiadas cosas. Tengo un cuaderno con todas las asesorías y cosas que he anotado de esas instancias. Siempre he dicho que cualquier comentario, independiente de si es bueno o malo, es bienvenido. Por ejemplo, Martín Rejtman viene de un cine completamente diferente y aun así él vio la película en varios momentos y asesoró el proyecto; eso fue algo que para mí también fue increíble. Es un director que admiro un montón. Para Matapanki los laboratorios fueron muy buenos porque le permitieron pasar por diferentes periodos. Siempre es bueno que alguien más profesional o con más experiencia que tú venga, te ayude y te dé feedback que luego ves si lo tomas o no. En lo personal, los laboratorios también significaron la oportunidad de viajar. De no ser por Matapanki no habría conocido ninguno de esos países. A nivel laboral también me ha servido un montón para internacionalizar la carrera.

Inspiraciones

—¿De dónde vienen tus primeros contactos con los subgéneros que inspiraron Matapanki,  como el cyberpunk japonés, cine latinoamericano o anime?

—Las inspiraciones en el cine latinoamericano creo que vienen de la vida misma. Por ejemplo, he vivido toda mi vida en Quilicura. Entendiendo eso, llegó un punto en el que me interesé realmente por el cine y empecé a ver películas más sociales como Do the Right Thing (1989) de Spike Lee, que se ven desde perspectivas muy norteamericanas ligadas mucho a la inmigración. Después me topé progresivamente con el cine más latino como 25 Watts (2001), Agarrando pueblo (1977), Okupas (2000), El Pejesapo (2007) y otros proyectos. 

“Por otra parte, las inspiraciones en el cine cyberpunk japonés nacen de las referencias y el amor que tengo por los videojuegos y el anime. Después llegué a Pinocho 964 (1991) y Electric Dragon 80000V (2001). Esta última fue una inspiración muy fuerte para Matapanki. Todas esas referencias llegaron de forma natural al proyecto. Dentro de la peli hay varias referencias a otros animes; se cita de forma directa al Androide 16 y hay un plano que referencia a Evangelion, por ejemplo. Fue un proceso de agarrar las cosas que uno trae de toda la vida e intentar colocarlas, mientras uno busca qué se ha hecho en el cine que sea similar”.

—¿Cuáles son tus películas favoritas?

La Haine (1995) de Kassovitz. De hecho, tengo un tatuaje que dice: «Hasta ahora todo va bien” por esa película. Me impactó caleta cuando la vi y la veo casi una vez por semana porque la dan harto en el Centro Arte Alameda. También diría Tetsuo: el hombre de hierro de Shinya Tsukamoto, Love Exposure (2008) de Sion Sono y El Pejesapo de José Luis Sepúlveda. Esas cuatro películas son las que más me han marcado. Podría meter también a Electric Dragon 80000V, Mirageman o Paddington 2 (2017). También hay muchas cintas animadas que me encantan como Akira (1988) y Ghost in the Shell (1995).

—¿Hay algún videojuego que consideres como una inspiración para Matapanki?

—No sabría decir referencias directas. Me gustan mucho los juegos de pelea. Me acuerdo que, cuando diseñamos las escenas de combate, yo mandé documentos con personajes que servían como referencia. Pensaba en el presidente de Estados Unidos y metía a M. Bison de Street Fighter o en otras peleas metía movimientos como los de Iori en King of Fighters, por ejemplo. Más allá de eso, hay videojuegos que me encantan como los Crash Bandicoot (tengo un tatuaje del protagonista), los The Legend of Zelda o los Shin Megami Tensei.

“Fue lindo darme cuenta de que ahora tengo una voz a través de mi arte”

—¿Cuáles son las temáticas que más te interesa desarrollar en tu filmografía?  

—Me pasó algo muy bonito pensando en eso. Con mi segundo proyecto, Corazón de Polilla, pasó que lo revisó Paula Astorga, una productora mexicana increíble que hace varias asesorías, y ella en un momento, luego de comentarme que también había visto Matapanki, me dijo: «Siento que Matapanki y Polilla tienen similitudes temáticas. Tienes una obsesión y no te voy a decir cuál es. Debes darte cuenta tú mismo”. Estuve varias semanas pensando cuál es mi obsesión y qué es lo que estoy tratando de mostrar en el cine. Lo pensé y dije: “Tal vez son los monstruos”. Tengo un amor muy grande por las criaturas y uno de mis libros favoritos es Frankenstein (1818), pero sentí que tenía que ir más allá hasta que llegué a la conclusión de que todo viene un poco de la marginalidad; de poner a personajes que no se ven en el foco y colocarlos en el centro de las historias. Creo que eso responde a cosas más personales. Yo tengo Tourette y TOC, entonces durante mi infancia me sentí un poco así, como mis personajes. Fue lindo darme cuenta de que ahora tengo una voz a través de mi arte y el privilegio de hacer películas. En ese sentido yo pienso en Tetsuo: el hombre de hierro o Akira, grandes inspiraciones para Matapanki, y sus personajes rarísimos siendo protagonistas, que son punketas motoqueros que en otro contexto estarían en el Sename

—¿Crees que eso responde a un interés por personajes que intentan encontrar su lugar en el mundo?

—Sí, caleta. Tal vez por eso la gente enganchó tanto con Matapanki; porque todos estamos buscando qué hacemos en el mundo. Hay algo ahí relacionado a la identidad. Todo personaje tiene una búsqueda de identidad y la nuestra, cuando vamos al cine, creo que a veces la pasamos por arriba. Por ejemplo, me da un poco de rabia cuando veo una película chilena y no hablan con acento chileno, porque siento que pierdes una parte bonita de la identidad nacional. Me carga esta idea que se inculca en las academias de que “si es cine nacional, ojalá no se escuche chileno”, porque el chileno es nuestro primer público y la gente quiere verse a sí misma en la gran pantalla. La gente quiere ir al cine y escucharse a sí misma, si no Stefan v/s Kramer (2012) no sería la película más vista en el país o Denominación de Origen (2024) no habría tenido tanto éxito. 

—Existe un prejuicio generalizado hacia las “barreras temáticas” del cine chileno, como que “solo habla de dictadura” o sobre los mismos temas. ¿Qué opinas sobre esto?

—Recuerdo que hay un estudio que habla de esto, pero también uno mismo nota que hace rato las películas chilenas no hablan de dictadura. Yo lo que pongo en la mesa es por qué a la gente le molesta eso. Por mí sigamos haciendo películas de dictadura si la gente las quiere y hay alguien que realmente sienta esa necesidad. ¿Por qué nos autocensuramos al respecto? Los gringos llevan años haciendo películas sobre Vietnam. Los alemanes llevan años haciendo películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Todas las potencias hacen cine sobre los momentos más duros de su historia. Nosotros como país y como artistas tenemos todo el derecho de hacerlo también. ¿Qué es eso de “no hagamos esas películas porque a la gente no le gustan”? Entiendo que la audiencia es súper importante, pero encuentro una tontera limitarnos porque “hay muchas películas sobre dictadura”. Hagan las que quieran.

—¿Crees que este rechazo a las películas de dictadura tiene que ver con la realidad sociopolítica en que vivimos, donde el negacionismo se ha hecho un hueco en el debate público?

—Caleta. Es súper triste la poca educación que hay en ciertos lugares de la sociedad. Hoy en día hay un aumento de la extrema derecha en todos lados, pero es bien sabido, por ejemplo, que en Alemania no puedes hacer apología pública a Hitler porque te meten una multa o derechamente a la cárcel. Acá me parece increíble que haya gente en la tele diciendo que les encanta Pinochet. ¿De qué estamos hablando? Hay una falta de educación cívica importante, partiendo por uno mismo cuando uno está en el colegio. Es súper triste porque al final es algo transversal y termina permeando cosas como la cultura. Por otro lado, y tematizando con Matapanki, nosotros nos burlamos en la película de los gringos, pero encuentro surreal lo que está pasando hoy en día en Estados Unidos, cómo anda Trump bombardeando lanchas en Venezuela, atacando barcos en el Caribe, insultando al presidente de Colombia, entre otras cosas. Es raro el estado del mundo hoy en día. Estas doctrinas que tiene Estados Unidos en contra de América Latina las encuentro rarísimas y encuentro más surreal todavía que no estaba pasando nada tan raro cuando terminamos nuestra película, pero ahora veo al presidente de los Estados Unidos que hicimos nosotros y hasta cierto punto lo veo igual a Trump. Las peores cosas de la ficción de Matapanki van apareciendo en la realidad, principalmente todo lo que tiene que ver con el intervencionismo gringo en Latinoamérica, y yo, como guionista, no lo planeé.

Futuro

—¿Puedes contarnos detalles sobre Corazón de Polilla, tu próximo largometraje en proceso de preproducción? 

—Sí, claro. Igual estamos pasando por distintos concursos y fondos, por lo que el proyecto puede cambiar de acá a un mes, pero lo que sí se mantiene es que la película trata la historia de Dani, una persona de género fluida de 25-26 años que encuentra un capullo gigante en el persa Víctor Manuel. De ese capullo sale Julieta, una joven que estuvo encerrada ahí durante más de diez años. Tras su encuentro, comienzan un viaje tipo roadtrip hacia el sur de Chile para reencontrarse con la familia de Julieta, lo único que ella recuerda. Surgen las típicas problemáticas de ir viajando y que se te pinche una rueda, por ejemplo, pero también nacen problemas peores porque Julieta está mutando lentamente en una polilla. Le empieza a salir una lengua, baba y unas alas gigantes, entre otras cosas. Al final es un roadtrip que habla sobre la metamorfosis, el cambio, las relaciones humanas y la identidad de género, que es una temática que no pude tocar en Matapanki pero me interesa muchísimo. Temáticamente hay algo bonito que también se da con Matapanki y tiene que ver con lo que dije antes: un estudio de personajes marginales. Las referencias son otras, eso sí; Corazón de Polilla viene más del folklore latinoamericano y el realismo mágico.

—Considerando el éxito que cosechó Matapanki en el FIC Valdivia, ¿dirías que el éxito en el festival te cambió la vida?

—Creo que aún no soy consciente de lo que pasó en Valdivia. Tengo el Pudú en mi escritorio, lo veo todos los días y aún no me lo creo; es súper raro. También me cuesta pensar en la cantidad de gente que la fue a ver. Voy a la U y la gente a veces me para y me saluda. Incluso el otro día estaba esperando el Metro y alguien me reconoció, lo que fue muy extraño. A nivel personal, el hecho de que van a haber personas que sepan quién soy es un cambio que voy aceptando de a poco. Ahora mismo me reconocen en un nicho más estudiantil. Sobre un éxito más grande no sabría decir nada; creo que aún es muy pronto para saber. En el momento que también vayamos a otros festivales y tengamos el estreno en Santiago veremos si nos va bien o no. Fuera de eso, lo que pasó en el festival fue un aprendizaje tremendo y me impulsa a seguir haciendo películas. Me impulsa saber que hay gente que resuena con las temáticas e historias que quieres contar. Para mí es un plus y me da más ganas de continuar con Polilla, persistir en los otros proyectos que tengo y seguir trabajando en cosas similares. Es un éxito todavía espiritual, diría yo. Tampoco quiero creer estar tan arriba y que luego nos vaya mal. Quiero ir pasito a pasito.

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