Carreteras de un mundo torcido
Por Patricio Jara
Es su novela más extensa y, por la construcción, también la más compleja. Un relato que no sólo despunta hacia diferentes historias conectadas —casonas abandonadas donde dicen que hay un ángel; muchachos que ven el mundo del mismo color que la ropa que usan: negro; un profesor que deambula por Europa previo a las grandes guerras; un cantante de la Nueva Ola sobreviviente de todo, y un cosmonauta que asegura haber llegado a la Luna antes que nadie— sino también emplea diferentes registros para unir —y acercar— todo aquello que, a primera vista, es un delirio y que por delirante no tiene remedio. Álvaro Bisama, su autor, va a la contra de las buenas maneras de escribir novelas y llena la trama de engranajes y cableados ocultos.
Publicada por Seix Barral, Oráculo justifica sus más de trescientas páginas y propone un recorrido cruzado por códigos que se extienden a sus anteriores trabajos, a todos esos mundos un poco torcidos, a esos paisajes llenos de luz negra.
—Me gustaría saber cómo entiendes hoy la novela como relato. Quizás ninguna definición te convenza del todo. Pero te lo pregunto especialmente por la arquitectura de la historia que hay en Oráculo, que tiene muchos compartimientos, muchas entradas. Es, digamos, un artefacto.
—Más que un artefacto, yo pienso en un objeto. Algo material, casi físico, quizás. Por otro lado, siempre he creído que cualquier texto que dice que es una novela, es una novela. O, por lo menos, así aspira a ser leído. Eso vuelve las cosas más sencillas para mí, supongo porque se trata de una reflexión sobre los límites del formato que cruza épocas y géneros. Por otro lado, respecto a la arquitectura de la historia, siempre fue así. La novela tenía que ver con acumular relatos que se cruzaban, con saltar de un lado a otro, en pensar en una especie de atlas deforme, en las habitaciones que existen en los intersticios de otros relatos, en jugar con lo episódico, cambiando de escenario, de personajes, de estilo.
—Te han mencionado bastante que has vuelto al paisaje de Caja negra, tu primera novela, aparecida en 2006, en que el underground y la contracultura están muy presentes. Eso habla muy bien de la vigencia del libro.
—Gracias. Es raro, pero salvo un cameo muy pequeño que hace el rocker japonés de Caja Negra, nunca pensé en ella mientras escribía Oráculo. Pero tampoco es tan extraño el lazo; raro sería que no estuviese. Supongo que comparten obsesiones o, mejor, una forma de leer, de buscar objetos o relatos. Está el gusto por contar historias, por acumularlas, por preguntarse qué significan y cómo funcionan. Por supuesto, supongo que esa discoteca y esa biblioteca siguen presentes, sonando dentro de mi cabeza. Me formé ahí, leo desde ese lugar, me interesan los fantasmas de lo nuevo como si fuese un secreto que debe ser descifrado.
—Oráculo tiene una voluntad narrativa que es esencial, una voluntad para llenar el vacío con voces que cuentan historias en diferentes épocas y lugares. Lo que conocemos como “saltos en el tiempo” acá se vuelve algo delirante y en que le pasas la rienda al lector.
—Me gusta que quien lee arme un puzzle. Leer es descifrar un enigma siempre, quizás. En Oráculo las piezas están ahí, hay quizás un dibujo, la silueta de algo. Los saltos en el tiempo fueron parte de la estructura del libro. Hay un mapa dibujado o más bien sugerido entre ellos. Y los saltos no me parecen tan extraños porque por un lado, crecimos con las novelas del Boom, que a su vez reelaboraban ciertas ideas del modernismo en lengua inglesa y de la tradición realista, y muchas de esa obras el tiempo no puede pensarse sino como algo roto, reelaborado una y otra vez por la literatura; y, por otro, ahora mismo leemos narrativas fragmentadas todo el tiempo cuando cambiamos de historias en redes sociales de un segundo a otro, consumimos las vidas de los otros como si fuesen ficciones.
—Los narradores de esta novela, y de varias otras, son personas que hablan de otras personas. Siempre hay una pulsión que va en una segunda capa.
—Me gustan las narraciones enmarcadas, narradores que le ceden su voz a otro, perdiéndose en ellas, contaminándose todo el tiempo, como si fuesen reflejos unos de los otros, como si las historias de las novelas los contaminaran. Oráculo es un libro sobre lectores o narradores que se pierden en las historias de los otros.
—En ese sentido, la historia del cosmonauta que llegó a la luna antes que todos parece llevar las cosas al límite.
—Sí. Recuerdo que en la edición final de la novela tenía a Iggy Pop y los Stooges sonando al fondo. Me pareció la mejor música para pasar de lo conocido a lo ignoto, a lo imposible, a una serie de paisajes inesperados. Es una verdad construida como un relato que va cambiando de voz, de foco, de mundo, pero conservando la intensidad y las formas del asombro. Pero también era el sentido de lo que estaba escribiendo, de llegar a cierto borde, a una frontera inesperada. Quizás eso es la literatura para mí en esta novela: narrar historias como posibilidades alucinadas, como relatos que generan otros relatos, pensar el acto de contar historias como si fuese algo viral.